Nos hacemos eco de la entrevista realizada a Irene de Puig, que nos acompañará en las VI Jornadas Educar para Ser, por Miguel Ángel Ballester para el diario Ara Balears el pasado 16 de marzo.

Irene de Puig (Olot, 1949) es educadora y licenciada en Filosofía y Filología Catalana, ha trabajado como docente en diversos niveles educativos y en formación del profesorado. Ha sido fundadora del grupo IREF (Innovación e Investigación para la Enseñanza de la Filosofía). Durante nueve años ha codirigido el Master de Filosofía 3/18 de la Universidad de Girona, y también ha sido la impulsora del proyecto educativo Noria, junto con Angélica Sátiro.

Su tarea en el grupo IREF se ha centrado en adaptar al catalán el proyecto internacional “Filosofia para Niños” de Mathew Lipman, incorporando nuevos contenidos y recursos, como el libro Cómo se puede leer ‘El principito‘ (Octaedro, 2018 ), escrito en colaboración con Roser Grivé. Es autora de varios libros de filosofía para niños como Hacer filosofía en la escuela (Eumo, 2012) y Pensando (Eumo, 2000), escrito conjuntamente con Angélica Sátiro, entre otros. Con Irene de Puig hablamos de filosofía en la escuela y especialmente de su último libro, una guía de actividades sobre El principito, de Antoine de Saint-Exupéry.

La filosofía está viviendo una situación paradójica: por un lado, está perdiendo presencia en el ámbito académico, especialmente en los institutos y en la universidad, y por otro lado, existe una demanda social creciente de filosofía. ¿Cómo explicar esta tensión?

La filosofía vive una situación paradójica, como dices, y tiene una explicación económica. La filosofía, como las humanidades, no interesa a la Academia, pero sí a la gente, porque la Academia y la vida no van juntas. La Academia se ha convertido en un negocio y las humanidades no dan dinero. Las universidades funcionan como multinacionales, toman decisiones sobre los estudios en función de costes y beneficios. Esto explica el hecho de que la mayoría de profesores sean asociados, y que tengan unos salarios de miseria, y también explica el hecho de que ya no haya catedráticos porque son demasiado caros. Por el mismo motivo de rentabilidad económica, la universidad reduce el número de docentes que imparten literatura o grecolatino. La universidad está perdiendo los papeles y abandonando el objetivo humanista que la vio nacer. Pero, efectivamente, como dices, las personas tienen necesidad de filosofía, de reunirse y dialogar y la filosofía práctica ofrece espacios de encuentro y diálogo. Con la filosofía pasa lo mismo que con la religión, las iglesias están vacías, pero existen sectas porque hay necesidad de encontrar respuestas y sentirse seguro y acompañado.

¿La crisis de la enseñanza de la filosofía oculta una confrontación entre la concepción humanista de la educación y la visión científica más especializada del saber y de su transmisión?

Se ha impuesto la idea de que las universidades no pueden ser deficitarias y que se ha de hacer negocio con la educación. De ahí toda esta historia tan rocambolesca de los másteres, regalados o no. Yo creo que las universidades han perdido el oremus, pero tampoco daría toda la culpa a las universidades, el problema es el mundo en que vivimos. Junto a las universidades se han construido las grandes escuelas de informática y diseño, que son las que tienen más alumnos y matriculaciones.

Ante esto, ¿qué deben hacer las universidades?

Las universidades deberían reaccionar contra la privacidad de la educación. Si un país no tiene claro que la cultura es pública y deficitaria y que se debe dar la máxima calidad a todos, entonces no tiene futuro.

 ¿Está de acuerdo con Kant cuando afirma que sólo se puede aprender filosofía filosofando?

Se puede aprender filosofía, se puede aprender de memoria lo que han dicho y pensado los filósofos, pero es un aprendizaje poco airoso, porque es más importante aprender a pensar por uno mismo que el esfuerzo mental de memorizar teorías y autores. Por lo tanto, la filosofía sólo tiene sentido si está viva, si las preguntas que hace son de verdad, son el resultado del interés y la curiosidad. Las preguntas filosóficas son aquellas que provienen de la experiencia y de la vida cotidiana. Hay personas que saben mucha filosofía, pero que no serán nunca grandes filósofos porque han perdido el interés y la curiosidad o son incapaces de relacionar filosofía y vida. La filosofía entendida como la facultad de filosofar no tiene edad, como decía Epicuro en la Carta a Meneceo.

¿Esta concepción de la filosofía como actividad podría explicar el interés innato de los niños para hacerse preguntas profundas? ¿Los niños están predispuestos de manera natural a hacer preguntas filosóficas desde su nacimiento?

Los niños, por su condición, están muy cerca de algunos filósofos. Los presocráticos y los niños se parecen en que tienen un nuevo mundo por descubrir: los presocráticos habían de descubrir un cosmos; los niños, su entorno. Y, por ello, los niños se hacen las mismas preguntas que los filósofos. Por ejemplo, hacia dónde va la luz cuando se cierra el interruptor. Los niños son muy filosóficos porque necesitan situarse en el mundo. Los niños buscan encontrar respuestas a sus inquietudes. Hay dos edades en que los niños tienen mayor interés por las cosas: el inicio de la niñez y la adolescencia. La edad de los 5 años y los 12 y 13 años son momentos espléndidos para filosofar, a partir de las necesidades y motivaciones propias.

¿Cuáles son las cuestiones filosóficas que preocupan más a los niños?

Cada niño es un mundo. Los niños tienen algunas preocupaciones metafísicas, pero, en general, las preguntas que hacen tienen mucho que ver con el mundo en el que viven, se piden cosas como: ¿por qué mi vecino tiene un coche mejor que el nuestro? ¿Por qué en casa de mi amigo son ricos y yo no? ¿O por qué mi amigo puede ir a la playa el domingo y yo no? O también, ¿por qué mi madre llora por las esquinas? Los niños se plantean problemas muy ligados a su condición infantil, aunque sus preguntas pueden pensar de manera más abstracta y ser útiles para hablar de la pobreza, la riqueza o los sentimientos. La comparación con los demás suele ser una fuente de problemas profundamente humanos.

Los libros que ha publicado han dado preferencia a las preguntas filosóficas de los niños, pero me gustaría preguntarte también por las respuestas que le han dado a un problema filosófico universal como la muerte. ¿Qué piensan los niños sobre la muerte? ¿Qué respuestas dan?

Los niños no se preocupan por la muerte hasta que se pierde alguna persona querida. Yo he sentido conversaciones absolutamente surrealistas sobre la muerte, en la que los niños dicen que los muertos se van, se los llevan al cementerio y ya no vuelven, o que a los muertos se los llevan al cielo, pero también he tenido niños que piensan que los muertos no pueden ir al cielo porque caerían. Las explicaciones de los niños varían porque los conceptos que tienen de la muerte y del cielo son diferentes. En el caso de la muerte están más pendientes de entender los sentimientos y las emociones que experimentan que buscar alguna razón. Los niños suelen conformarse con el consejo de los padres de mantener vivas las personas queridas a través del recuerdo. Los niños no son morbosos.

¿Y qué explicación dan los niños al problema del mal, la maldad y el castigo?

Yo creo que no tienen el problema del mal, sus problemas son más concretos e inmediatos, como tener que hacer frente al castigo por haber hecho algo mal, o tener que enfrentarse a los padres para ir a la contra de los grandes.

¿Qué supone la publicación de la guía de lectura sobre El principito, particularmente y para el proyecto de Filosofía para niños con el que llevas tanto tiempo comprometida?

Para mí personalmente era un reto hacer una guía filosófica de El principito. Hacía mil años que lo pensaba, porque siempre he tenido ganas de trabajar filosóficamente lecturas interesantes. He hecho guías de lectura de otros libros de ficción. Siempre me ha interesado la mirada filosófica sobre un texto literario. Entonces, Roser trabajaba el libro en el aula, desde una perspectiva literaria. Y nos pusimos rápidamente de acuerdo en hacer una guía que reuniera los aspectos literarios y filosóficos del cuento, y que pudiera servir para trabajar en el aula. Nos costó muy poco, en un verano la tuvimos lista. Nos pareció que teníamos que aprovechar la experiencia de Roser en el aula. El libro nació como un material para una web, pero poco a poco fue cogiendo forma de libro, aunque llegó a ser tres veces lo que hemos publicado. El principito da mucho de sí.

El principito tiene la apariencia de ser un libro para niños, pero la misma dedicatoria del autor, hecha a un amigo adulto, parece advertir a los lectores de la intención de proporcionar un vínculo literario entre niños y adultos. ¿Lo cree así?

Sí, yo tengo la sospecha de que El principito es muchas cosas, pero no es un libro para niños. El principito es el testimonio de la vida de Saint-Exupéry, es un cuento filosófico, es muy Voltaire, es una fábula, tiene mucho de La Fontaine, y es también una parábola laica.

¿Qué temas filosóficos permite trabajar El principito?

Permite trabajar todos los temas: el tema del conocimiento, lo que ves, si ves lo que se te presenta o lo que está escondido. Éticamente, es un escaparate del mundo filosófico de la época, de la filosofía del absurdo de Camus y Sartre. Tiene el punto nietzscheano de la transformación del niño en camello. Filosóficamente se puede trabajar la responsabilidad, la intención, la amistad, en un sentido sólido y profundo, el misterio, el final cristiano abierto, relacionado con la idea de que el cuerpo me haría estorbo, la idea de muerte, resurrección o suicidio.

Uno de los temas de El principito es el conflicto interior que se produce a la hora de asumir las responsabilidades de la vida adulta y el conflicto social entre niños y adultos. ¿Por qué la sociedad no deja ser niño y adulto a la vez?

No nos dejan ser niños. Deberíamos ser más reivindicativos y decir basta. Yo creo que buena parte de la crisis adolescente pasa por el hecho de que los jóvenes se resisten a ser adultos porque no quieren ser como somos los adultos, y hacen bien, pero no tienen más remedio que serlo. Y debería ser posible mantenerse en la niñez, pero hay poca poesía en el mundo adulto y pocos príncipes. Todas las personas mayores han sido niños, pero pocas se acuerdan.

¿Cómo se puede recuperar al niño que los adultos conservan en el interior?

Observa que el autor se rebela contra sí mismo, contra el adulto que es, pero que el niño se va y el piloto vuelve y es el adulto el que nos cuenta la historia. Hay un círculo no resuelto. La biografía del autor explicaría algunas cosas de este niño que le dejaron ser durante mucho tiempo. Fue un hombre que tuvo responsabilidades muy tarde. Tenía un punto juguetón, de ilusión, le gustaba la vida frívola, aunque tenía un talento literario excepcional.

 

Una lectura filosófica de El principito

Es posible hacer una lectura filosófica de El principito. De entrada, la insistencia en las preguntas, en que “el principito no renunciaba nunca a una pregunta, una vez que la había formulado”, pone en relación el constante pedir del pequeño príncipe con la voluntad de comprender y la curiosidad que origina y da sentido a la filosofía, especialmente a una filosofía entendida no tanto como saber, sino más bien como actividad que enseña a pensar y filosofar. El primer capítulo ya plantea el problema filosófico de la correspondencia entre verdad y realidad, a través de un dibujo de una serpiente boa que permite diversas interpretaciones. ¿El dibujo es una boa, una boa que digiere un elefante, o como suele pensar la gente mayor, un sombrero? La verdad está en disputa. ¿Hay correspondencia entre lo que se ve y lo que es? ¿De qué manera se interpreta la realidad? ¿Qué criterio o punto de referencia permite afirmar que el dibujo representa una boa, un elefante o un sombrero? La verdad no parece evidente, está oculta, no se muestra a primera vista. Cuando hay varias interpretaciones, ¿cuál será verdadera? Para la gente mayor será la más útil, pero no para los niños, que se mantendrán fieles a la imaginación. Saint-Exupéry reivindica la mirada infantil sobre la realidad, la verdad alejada de la visión utilitarista defendida por la gente mayor que identifica el dibujo con un sombrero porque es más útil y práctico que una boa o un elefante. El autor manifiesta la ambigüedad del lenguaje: “El lenguaje es fuente de malentendidos”.

El principito insiste en acusar a los adultos de ser demasiado serios. La seriedad supone interpretar el mundo en términos matemáticos y cuantitativos. Es una crítica también contra la visión racionalista del ser humano, contra el reduccionismo que supone identificarlo exclusivamente con la parte racional. El principito apuesta claramente por los sentimientos y las pasiones humanas. Toma partido a favor de valores anticonsumistas como la amistad, a través de su crítica anticonsumista hacia el absurdo de una existencia que da únicamente valor a las cosas materiales, como el hombre de negocios que cuenta estrellas, sencillamente porque son suyas. El principito pone en valor la ética ecológica y la conservación del medio ambiente a través de la dedicación al cuidado de una flor única en todo el mundo y en la relación estética, de alegría, que surge en la contemplación de su belleza. Así, construye una ética que da valor a los actos por encima de las palabras y que no acepta el poder ejercido de manera arbitraria y autoritaria, a través de la figura de un rey.

En el libro también hay referencias a filósofos: Nietzsche, cuando el principito busca a algún hombre en el desierto, ya Platón y Descartes, cuando dice desconfiar de los sentidos como fuente de conocimiento verdadero ( “todo lo que es esencial es invisible a los ojos”). En definitiva, la historia entera del principito es una invitación al autoconocimiento, a seguir Sócrates cuando decía ‘conócete a ti mismo’, y seguir Kant, en el atrevimiento para pensar con libertad y autonomía. Pero, por encima de todo, El principito es un canto a cultivar la amistad, como fuente de felicidad y conocimiento, porque únicamente la amistad hará que no haya dos rosas iguales y que cada cosa sea única y valiosa en sí misma.

Traducción del Equipo de Educar para Ser

Nos hacemos eco de la entrevista realizada a Irene de Puig, que nos acompañará en las VI Jornadas Educar para Ser, por Miguel Ángel Ballester para el diario Ara Balears el pasado 16 de marzo.

Irene de Puig (Olot, 1949) es educadora y licenciada en Filosofía y Filología Catalana, ha trabajado como docente en diversos niveles educativos y en formación del profesorado. Ha sido fundadora del grupo IREF (Innovación e Investigación para la Enseñanza de la Filosofía). Durante nueve años ha codirigido el Master de Filosofía 3/18 de la Universidad de Girona, y también ha sido la impulsora del proyecto educativo Noria, junto con Angélica Sátiro.

Su tarea en el grupo IREF se ha centrado en adaptar al catalán el proyecto internacional “Filosofia para Niños” de Mathew Lipman, incorporando nuevos contenidos y recursos, como el libro Cómo se puede leer ‘El principito‘ (Octaedro, 2018 ), escrito en colaboración con Roser Grivé. Es autora de varios libros de filosofía para niños como Hacer filosofía en la escuela (Eumo, 2012) y Pensando (Eumo, 2000), escrito conjuntamente con Angélica Sátiro, entre otros. Con Irene de Puig hablamos de filosofía en la escuela y especialmente de su último libro, una guía de actividades sobre El principito, de Antoine de Saint-Exupéry.

La filosofía está viviendo una situación paradójica: por un lado, está perdiendo presencia en el ámbito académico, especialmente en los institutos y en la universidad, y por otro lado, existe una demanda social creciente de filosofía. ¿Cómo explicar esta tensión?

La filosofía vive una situación paradójica, como dices, y tiene una explicación económica. La filosofía, como las humanidades, no interesa a la Academia, pero sí a la gente, porque la Academia y la vida no van juntas. La Academia se ha convertido en un negocio y las humanidades no dan dinero. Las universidades funcionan como multinacionales, toman decisiones sobre los estudios en función de costes y beneficios. Esto explica el hecho de que la mayoría de profesores sean asociados, y que tengan unos salarios de miseria, y también explica el hecho de que ya no haya catedráticos porque son demasiado caros. Por el mismo motivo de rentabilidad económica, la universidad reduce el número de docentes que imparten literatura o grecolatino. La universidad está perdiendo los papeles y abandonando el objetivo humanista que la vio nacer. Pero, efectivamente, como dices, las personas tienen necesidad de filosofía, de reunirse y dialogar y la filosofía práctica ofrece espacios de encuentro y diálogo. Con la filosofía pasa lo mismo que con la religión, las iglesias están vacías, pero existen sectas porque hay necesidad de encontrar respuestas y sentirse seguro y acompañado.

¿La crisis de la enseñanza de la filosofía oculta una confrontación entre la concepción humanista de la educación y la visión científica más especializada del saber y de su transmisión?

Se ha impuesto la idea de que las universidades no pueden ser deficitarias y que se ha de hacer negocio con la educación. De ahí toda esta historia tan rocambolesca de los másteres, regalados o no. Yo creo que las universidades han perdido el oremus, pero tampoco daría toda la culpa a las universidades, el problema es el mundo en que vivimos. Junto a las universidades se han construido las grandes escuelas de informática y diseño, que son las que tienen más alumnos y matriculaciones.

Ante esto, ¿qué deben hacer las universidades?

Las universidades deberían reaccionar contra la privacidad de la educación. Si un país no tiene claro que la cultura es pública y deficitaria y que se debe dar la máxima calidad a todos, entonces no tiene futuro.

 ¿Está de acuerdo con Kant cuando afirma que sólo se puede aprender filosofía filosofando?

Se puede aprender filosofía, se puede aprender de memoria lo que han dicho y pensado los filósofos, pero es un aprendizaje poco airoso, porque es más importante aprender a pensar por uno mismo que el esfuerzo mental de memorizar teorías y autores. Por lo tanto, la filosofía sólo tiene sentido si está viva, si las preguntas que hace son de verdad, son el resultado del interés y la curiosidad. Las preguntas filosóficas son aquellas que provienen de la experiencia y de la vida cotidiana. Hay personas que saben mucha filosofía, pero que no serán nunca grandes filósofos porque han perdido el interés y la curiosidad o son incapaces de relacionar filosofía y vida. La filosofía entendida como la facultad de filosofar no tiene edad, como decía Epicuro en la Carta a Meneceo.

¿Esta concepción de la filosofía como actividad podría explicar el interés innato de los niños para hacerse preguntas profundas? ¿Los niños están predispuestos de manera natural a hacer preguntas filosóficas desde su nacimiento?

Los niños, por su condición, están muy cerca de algunos filósofos. Los presocráticos y los niños se parecen en que tienen un nuevo mundo por descubrir: los presocráticos habían de descubrir un cosmos; los niños, su entorno. Y, por ello, los niños se hacen las mismas preguntas que los filósofos. Por ejemplo, hacia dónde va la luz cuando se cierra el interruptor. Los niños son muy filosóficos porque necesitan situarse en el mundo. Los niños buscan encontrar respuestas a sus inquietudes. Hay dos edades en que los niños tienen mayor interés por las cosas: el inicio de la niñez y la adolescencia. La edad de los 5 años y los 12 y 13 años son momentos espléndidos para filosofar, a partir de las necesidades y motivaciones propias.

¿Cuáles son las cuestiones filosóficas que preocupan más a los niños?

Cada niño es un mundo. Los niños tienen algunas preocupaciones metafísicas, pero, en general, las preguntas que hacen tienen mucho que ver con el mundo en el que viven, se piden cosas como: ¿por qué mi vecino tiene un coche mejor que el nuestro? ¿Por qué en casa de mi amigo son ricos y yo no? ¿O por qué mi amigo puede ir a la playa el domingo y yo no? O también, ¿por qué mi madre llora por las esquinas? Los niños se plantean problemas muy ligados a su condición infantil, aunque sus preguntas pueden pensar de manera más abstracta y ser útiles para hablar de la pobreza, la riqueza o los sentimientos. La comparación con los demás suele ser una fuente de problemas profundamente humanos.

Los libros que ha publicado han dado preferencia a las preguntas filosóficas de los niños, pero me gustaría preguntarte también por las respuestas que le han dado a un problema filosófico universal como la muerte. ¿Qué piensan los niños sobre la muerte? ¿Qué respuestas dan?

Los niños no se preocupan por la muerte hasta que se pierde alguna persona querida. Yo he sentido conversaciones absolutamente surrealistas sobre la muerte, en la que los niños dicen que los muertos se van, se los llevan al cementerio y ya no vuelven, o que a los muertos se los llevan al cielo, pero también he tenido niños que piensan que los muertos no pueden ir al cielo porque caerían. Las explicaciones de los niños varían porque los conceptos que tienen de la muerte y del cielo son diferentes. En el caso de la muerte están más pendientes de entender los sentimientos y las emociones que experimentan que buscar alguna razón. Los niños suelen conformarse con el consejo de los padres de mantener vivas las personas queridas a través del recuerdo. Los niños no son morbosos.

¿Y qué explicación dan los niños al problema del mal, la maldad y el castigo?

Yo creo que no tienen el problema del mal, sus problemas son más concretos e inmediatos, como tener que hacer frente al castigo por haber hecho algo mal, o tener que enfrentarse a los padres para ir a la contra de los grandes.

¿Qué supone la publicación de la guía de lectura sobre El principito, particularmente y para el proyecto de Filosofía para niños con el que llevas tanto tiempo comprometida?

Para mí personalmente era un reto hacer una guía filosófica de El principito. Hacía mil años que lo pensaba, porque siempre he tenido ganas de trabajar filosóficamente lecturas interesantes. He hecho guías de lectura de otros libros de ficción. Siempre me ha interesado la mirada filosófica sobre un texto literario. Entonces, Roser trabajaba el libro en el aula, desde una perspectiva literaria. Y nos pusimos rápidamente de acuerdo en hacer una guía que reuniera los aspectos literarios y filosóficos del cuento, y que pudiera servir para trabajar en el aula. Nos costó muy poco, en un verano la tuvimos lista. Nos pareció que teníamos que aprovechar la experiencia de Roser en el aula. El libro nació como un material para una web, pero poco a poco fue cogiendo forma de libro, aunque llegó a ser tres veces lo que hemos publicado. El principito da mucho de sí.

El principito tiene la apariencia de ser un libro para niños, pero la misma dedicatoria del autor, hecha a un amigo adulto, parece advertir a los lectores de la intención de proporcionar un vínculo literario entre niños y adultos. ¿Lo cree así?

Sí, yo tengo la sospecha de que El principito es muchas cosas, pero no es un libro para niños. El principito es el testimonio de la vida de Saint-Exupéry, es un cuento filosófico, es muy Voltaire, es una fábula, tiene mucho de La Fontaine, y es también una parábola laica.

¿Qué temas filosóficos permite trabajar El principito?

Permite trabajar todos los temas: el tema del conocimiento, lo que ves, si ves lo que se te presenta o lo que está escondido. Éticamente, es un escaparate del mundo filosófico de la época, de la filosofía del absurdo de Camus y Sartre. Tiene el punto nietzscheano de la transformación del niño en camello. Filosóficamente se puede trabajar la responsabilidad, la intención, la amistad, en un sentido sólido y profundo, el misterio, el final cristiano abierto, relacionado con la idea de que el cuerpo me haría estorbo, la idea de muerte, resurrección o suicidio.

Uno de los temas de El principito es el conflicto interior que se produce a la hora de asumir las responsabilidades de la vida adulta y el conflicto social entre niños y adultos. ¿Por qué la sociedad no deja ser niño y adulto a la vez?

No nos dejan ser niños. Deberíamos ser más reivindicativos y decir basta. Yo creo que buena parte de la crisis adolescente pasa por el hecho de que los jóvenes se resisten a ser adultos porque no quieren ser como somos los adultos, y hacen bien, pero no tienen más remedio que serlo. Y debería ser posible mantenerse en la niñez, pero hay poca poesía en el mundo adulto y pocos príncipes. Todas las personas mayores han sido niños, pero pocas se acuerdan.

¿Cómo se puede recuperar al niño que los adultos conservan en el interior?

Observa que el autor se rebela contra sí mismo, contra el adulto que es, pero que el niño se va y el piloto vuelve y es el adulto el que nos cuenta la historia. Hay un círculo no resuelto. La biografía del autor explicaría algunas cosas de este niño que le dejaron ser durante mucho tiempo. Fue un hombre que tuvo responsabilidades muy tarde. Tenía un punto juguetón, de ilusión, le gustaba la vida frívola, aunque tenía un talento literario excepcional.

 

Una lectura filosófica de El principito

Es posible hacer una lectura filosófica de El principito. De entrada, la insistencia en las preguntas, en que “el principito no renunciaba nunca a una pregunta, una vez que la había formulado”, pone en relación el constante pedir del pequeño príncipe con la voluntad de comprender y la curiosidad que origina y da sentido a la filosofía, especialmente a una filosofía entendida no tanto como saber, sino más bien como actividad que enseña a pensar y filosofar. El primer capítulo ya plantea el problema filosófico de la correspondencia entre verdad y realidad, a través de un dibujo de una serpiente boa que permite diversas interpretaciones. ¿El dibujo es una boa, una boa que digiere un elefante, o como suele pensar la gente mayor, un sombrero? La verdad está en disputa. ¿Hay correspondencia entre lo que se ve y lo que es? ¿De qué manera se interpreta la realidad? ¿Qué criterio o punto de referencia permite afirmar que el dibujo representa una boa, un elefante o un sombrero? La verdad no parece evidente, está oculta, no se muestra a primera vista. Cuando hay varias interpretaciones, ¿cuál será verdadera? Para la gente mayor será la más útil, pero no para los niños, que se mantendrán fieles a la imaginación. Saint-Exupéry reivindica la mirada infantil sobre la realidad, la verdad alejada de la visión utilitarista defendida por la gente mayor que identifica el dibujo con un sombrero porque es más útil y práctico que una boa o un elefante. El autor manifiesta la ambigüedad del lenguaje: “El lenguaje es fuente de malentendidos”.

El principito insiste en acusar a los adultos de ser demasiado serios. La seriedad supone interpretar el mundo en términos matemáticos y cuantitativos. Es una crítica también contra la visión racionalista del ser humano, contra el reduccionismo que supone identificarlo exclusivamente con la parte racional. El principito apuesta claramente por los sentimientos y las pasiones humanas. Toma partido a favor de valores anticonsumistas como la amistad, a través de su crítica anticonsumista hacia el absurdo de una existencia que da únicamente valor a las cosas materiales, como el hombre de negocios que cuenta estrellas, sencillamente porque son suyas. El principito pone en valor la ética ecológica y la conservación del medio ambiente a través de la dedicación al cuidado de una flor única en todo el mundo y en la relación estética, de alegría, que surge en la contemplación de su belleza. Así, construye una ética que da valor a los actos por encima de las palabras y que no acepta el poder ejercido de manera arbitraria y autoritaria, a través de la figura de un rey.

En el libro también hay referencias a filósofos: Nietzsche, cuando el principito busca a algún hombre en el desierto, ya Platón y Descartes, cuando dice desconfiar de los sentidos como fuente de conocimiento verdadero ( “todo lo que es esencial es invisible a los ojos”). En definitiva, la historia entera del principito es una invitación al autoconocimiento, a seguir Sócrates cuando decía ‘conócete a ti mismo’, y seguir Kant, en el atrevimiento para pensar con libertad y autonomía. Pero, por encima de todo, El principito es un canto a cultivar la amistad, como fuente de felicidad y conocimiento, porque únicamente la amistad hará que no haya dos rosas iguales y que cada cosa sea única y valiosa en sí misma.

Traducción del Equipo de Educar para Ser

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