El órgano rector de nuestro cuerpo

Paloma Ibáñez es psicóloga por la Universidad Andrés Bello de Santiago de Chile. Especialista en selección y desarrollo laboral, es también investigadora en técnicas de yoga en la educación (R.Y.E.). Actualmente desarrolla el programa de emprendimiento Pasión en Movimiento y el proyecto La asignatura de la felicidad como modelo de aprendizaje en el Premio Enseña sustentable.

Oyes las pisadas de tu caminar, entre melodías tu corazón te invita a bailar cada mañana al despertar, teñido por tus emociones va marcando el compás. (Paloma Ibáñez).

Tenemos la conciencia de que vivimos en un mundo de constantes cambios y de extremos, llevados por el cambio climático, la agitación social o una economía global en constantes desequilibrios, lo que nos lleva a buscar una nueva forma de pensar, sentir y vivir la transformación que haga que seamos mejores personas, creando mejores familias y comunidades. Necesitamos andar el camino que nos dé flexibilidad para poder adaptarnos a nuevas situaciones de una forma sana, sustentable y resiliente.

Es aquí dónde el corazón entra en escena aportando el cambio que podemos introducir en nuestras emociones para que nuestro cuerpo reaccione ante las situaciones límite de manera saludable. Esta fuente de resiliencia se encuentra en el corazón. La calidad de nuestras emociones determina las instrucciones que el corazón envía al cerebro.

Durante miles de años, las diversas culturas ancestrales y religiones han pensado que el corazón es una fuente de sabiduría y estado de consciencia inteligente, siendo el centro del pensamiento, la emoción, la memoria y la personalidad, convirtiéndose en el órgano rector de nuestro cuerpo.

Estos conocimientos hoy han vuelto a tomar fuerza gracias a los avances de la ciencia que han posibilitado corroborar lo que nuestros antepasados ya sabían. Conocimientos que, por razones que aún desconocemos, fueron olvidados o borrados de nuestra humanidad e historia, sólo algunos pueblos han conseguido conservar su legado. Esta pérdida ha ocasionado una profunda desconexión con el universo, con la naturaleza, con las demás personas y con nosotros mismos, que nos ha llevado a buscar las respuestas más trascendentales de nuestra existencia en el exterior. Movilizados por la búsqueda implacable de darle sentido a nuestra existencia, nos ha llevado a  realizar un viaje de reencuentro, sanación y transformación que hemos comenzado a sentir para poder generar sociedades más sostenibles, personas con mayor resiliencia y vidas sustentables a través del profundo conocimiento que existe entre nuestro cerebro y nuestro corazón.

El cerebro, cómo órgano rector de nuestro cuerpo, ha liderado la existencia de la humanidad durante 500 años desde la época de Leonardo Da Vinci, el pintor e inventor que dio curso a este legado. Fueron sus intentos y motivaciones por entender los secretos del cuerpo humano los que lo llevaron a sentir gran interés por el cerebro, qué hace y cómo funciona, logrando unificar ciencia y arte. Su experimento, vertiendo cera líquida en las cavidades del cerebro del cadáver de un buey y observando cómo ésta fluía por las venas, arterias y capilares, al igual que lo hacia la sangre cuando el animal estaba vivo, ayudó a científicos y médicos a tomar importantes decisiones en los tratamientos aplicados como consecuencia de las continuas guerras y en las enfermedades. Pero Leonardo no tenía forma de detectar las sutiles señales eléctricas y ondas de pulso generadas por cada latido del corazón que recorrían el camino que el encontró.

Es en 1991 cuando un equipo de científicos dirigidos por el doctor J. Andrew Armour, de la Universidad de Montreal, descubren que unas 40 mil neuronas especializadas forman una red de comunicación dentro del propio corazón. Desde esta nueva ciencia, la Neurocardiología o estudio del corazón como un órgano neurológico, endocrino e inmunológico, se han encontrado algunos hallazgos interesantes que corroboran los conocimientos de nuestras culturas ancentrales y religiones, entre los que podemos mencionar:

  • El corazón comienza a latir antes de que el cerebro comience a funcionar.
  • Existe una comunicación bidireccional entre corazón y cerebro, siendo el corazón quién envía mayor información a nuestro cerebro.
  • El corazón es el encargado de sincronizar muchas funciones orgánicas para que puedan operar en armonía.
  • Las señales que el corazón envía al cerebro afectan a centros relacionados con el procesamiento emocional y facultades cognitivas superiores como la atención, la memoria y la resolución de problemas.
  • El corazón emite campos electromagnéticos que cambian de acuerdo a tus emociones. Estos campos electromagnéticos son, al mismo tiempo, percibidos por nuestro corazón, siendo un órgano de percepción.
  • El corazón posee un sistema nervioso propio, pudiendo seleccionar información, recordar y aprender.
  • Las ondas cerebrales de la madre se pueden sincronizar con los latidos del corazón del bebé o con cualquier persona en la cual enfoques tu atención.
  • El campo electromagnético del corazón se puede extender más allá de nosotros.
  • Nuestro corazón regula las ondas electromagnéticas de nuestro cerebro, regulando también nuestros estados de consciencia.

Paloma Ibáñez promueve el proyecto “La asignatura de la felicidad como modelo de aprendizaje”

Estos son algunos de los muchos conocimientos que nuestro órgano rector tiene para ofrecernos. Devolvernos la unión de nosotros con nosotros y la conexión profunda con el universo, la naturaleza y las demás personas es algo que le debemos al corazón, no podemos renegar de su llamado.

Cabe enfatizar que aún nos queda un largo camino por recorrer, aún el cerebro reniega de perder su protagonismo y el corazón está dispuesto a recordarle a la humanidad el legado de su historia . Devolverle el corazón a la educación será el principio de una nueva época.

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