Ángela Jurado Herrera es licenciada en Historia y Máster de Formación del Profesorado por la UCM. Ha trabajado en varios departamentos del Instituto Nacional de Tecnologías Educativas y de Formación del Profesorado del MECD y colabora como tutora en cursos de formación con el Centro Regional de Innovación y Formación “Las Acacias” de la Comunidad de Madrid. Experta en TIC y en sus posibilidades en el aprendizaje e-learning, semipresencial y presencial.

El valor de las tecnologías en el aprendizaje

Los sistemas educativos, desde principios del siglo XXI, han dado rienda suelta a una ‘fiebre’ de la medición que promueve la creación de rankings y clasificaciones internacionales de acuerdo a los resultados académicos de sus estudiantes. Evalúan periódicamente, a través de pruebas estandarizadas, las destrezas de los jóvenes para detectar el progreso y nivel generales en ciertas materias. Estos “sistemas de medición comparativa” (Biesta, 2014:47) se han convertido en una especie de informes del estado de la cuestión ─hasta ahora limitados porque únicamente miden ciertos aspectos y tampoco han atendido a componentes sociales que tanto afectan en el rendimiento académico; aunque en esto último parece que PISA se ha adaptado mejor, pues para el año 2018 tiene previsto evaluar la competencia global─ de los territorios que participan pero que además, pueden generar por un lado relaciones de competencia entre centros educativos por alcanzar el pódium y por otro, desmoralizar a los que queden fuera. En consecuencia, los posibles prejuicios creados por esos resultados podrían traducirse en un perjuicio para el centro educativo que ve empeorada su proyección y su proyecto educativo con respecto a las elecciones familiares. Por lo que, podría decirse que “hemos confundido calidad educativa con mejora de los resultados obtenidos en pruebas estandarizadas tipo PISA creyendo que mejorar era sinónimo de más control en lugar de más autonomía” (Magro, C).

El éxito de la educación no debería ir ligado o determinado únicamente a los resultados numéricos y/o porcentuales de las pruebas a las que se someten los estudiantes. Tendría, más bien que considerar otras facultades como el nivel en que la adquisición de habilidades y capacidades ha sido lograda (atendiendo al ajuste de las metodologías utilizadas en el aula) así como a su utilidad para el futuro. Teniendo en cuenta estos factores podríamos, no solo ajustarnos a las necesidades educativas de los estudiantes, también ofrecer mayor igualdad de oportunidades por ejemplo en la empleabilidad de los más jóvenes. Debería importarnos más la cualificación que la calificación.

Sin restar por tanto importancia a este tipo de pruebas nacionales e internacionales que nos reportan interesantes datos para el análisis educativo, ¿no resulta al menos llamativo que en el presente de lo digital y yendo hacia un futuro donde la programación, la informática y las tecnologías serán aún más determinantes, no se valore el impacto, el empleo y la destreza de las TIC por parte, principalmente, de alumnos? Y sobre todo, si éstos están produciendo una mejora en los procesos de enseñanza-aprendizaje. Para ello, más allá de la supervisión del aprendizaje de cada materia, deberíamos tener en cuenta los procesos y el medio en el que se produce valorando en consecuencia, el nivel de alfabetización digital de los alumnos.

Evaluar para mejorar

Partimos entonces de la idea de que observar cómo se desenvuelven los estudiantes con las tecnologías es vital para progresar. Pero, ¿tenemos que evaluarlo? En este sentido, no concibo la evaluación como la acción de otorgar una calificación y ya, sino más bien como un procedimiento por el que contemplar el “cómo trabajan”. Esto es, recoger información de manera continua, detectar posibles dificultades para ofrecer nuevas oportunidades de aprendizaje, velando que además éstas se ajusten a los objetivos planteados. Al mismo tiempo, supone un mecanismo por el que el alumno (e incluso su familia) recibe notificación más detallada de su propio progreso ─y como un recurso muy práctico para el docente con el que sacar conclusiones para poder enriquecer la calidad del aprendizaje─. Con estos juicios más personalizados el alumno verá la evaluación más como un estímulo que como un elemento punitivo.

Ahora bien ¿qué tipo de evaluación o revisión sería la más adecuada para valorar el impacto y la repercusión que las TIC tienen en las aulas y en el aprendizaje en cada alumno? Al igual que ocurre en los procesos de evaluación dentro de cada materia, los docentes se han valido de diferentes mecanismos para cuantificar y nivelar el progreso y conocimiento de cada estudiante con respecto a lo que habían aprendido. La más extendida ha sido la evaluación sumativa, aquélla que otorga un valor (normalmente numérico) a una producción (un trabajo, un examen…). No obstante, ¿es bastante este sistema para valorar cómo de exitoso ha sido el aprendizaje digital?

Como sentencia José Blas García “evaluar no es hacer exámenes, igual que estudiar no es aprender” por lo que ceñirnos exclusivamente a una respuesta o a un único material no parece ofrecernos suficiente información, ni estar del todo ajustada a lo que buscamos, pues elude todo el proceso de investigación, preparación y producción que el estudiante ha hecho, esto es, al uso que ha venido haciendo de la tecnología durante su desempeño.

Por ejemplo, se han hecho virales en la red exámenes de Primaria o incluso de pruebas realizadas a niños de Shangái, retando a los adultos a poner a prueba sus conocimientos. Con mucha probabilidad el contenido que se evalúa en esas pruebas lo habremos estudiado pero sin embargo, a la hora de responder dudamos y además el resultado que obtenemos no suele ser lo alto que esperamos ¿a qué se debe? El aprendizaje memorístico sin más (necesario e imprescindible para ciertos contenidos y momentos) se demuestra temporal y que por tanto no supone un aporte significativo y profundo para el estudiante; es necesario acompañarlo de procesos y estrategias que impliquen un trabajo más activo y creador que garantice la adquisición de nuevas habilidades y que les dote de hábitos útiles no solo para dentro del aula, también para fuera de ella, para su futuro y su empleabilidad por ejemplo. Los contenidos de carácter más exhaustivo o especialista en cierta materia entrarían más bien en niveles educativos más avanzados, para niveles hasta Secundaria debemos buscar ante todo el pragmatismo.

Esto es, pasar a ser prosumidores más que meros consumidores de contenido. Y es ahí cuando la tecnología puede ser un estupendo aliado en esos momentos de diseño, creación, ideación y/o invención para seguir aprendiendo.

“En la escuela deberíamos evaluar no el grado en que nuestros alumnos reproducen un conocimiento sino el grado en que lo utilizan para la participación y transformación social” (Magro, C). De este modo el “aprender haciendo” es tan valioso como el resultado final y por tanto atender y dignificar el trabajo backstage debería ser tenido en cuenta. En conclusión, una evaluación formativa que complemente a esa sumativa puede ofrecernos un análisis y una valoración mucho más ajustada y justa al trabajo realizado.

De acuerdo con esto, el alumno no buscará solamente aprobar sin apenas esforzarse ni temerá al error, sino que aprovechará la ocasión para sacar un nuevo aprendizaje, para experimentar, para reflexionar, para explotar su creatividad personal, para afrontar críticas y tomar decisiones con las que mejorar su trabajo etc. Y es en ese escenario donde mejor podemos comprobar cómo, cuándo y en qué circunstancia se produce el progreso y se pueden buscar modos para seguir aumentando el dominio en TIC.

Aprendizaje mejorado

Oímos sobre el edupunk, la cultura maker, la gamificación, la flipped classroom… como metodologías o modelos que proponen renovar los procesos de enseñanza-aprendizaje (aunque luego los currículos nos compliquen algo cómo evaluarlos) y en algunos casos se valen de las tecnologías, total o parcialmente, para plantear esas nuevas estrategias o alternativas educativas. Esto se da porque las TIC ofrecen un componente de originalidad y de experimentación extra que motiva al alumno a involucrarse en su propio aprendizaje.

Todo ello evidencia que el cambio que desde hace unos años venimos experimentando en la educación nos lleva hacia un aprendizaje más social, más comunitario, más abierto y expandido. Podría darse un aprendizaje invisible que “toma en cuenta el impacto de los avances tecnológicos y las transformaciones de la educación formal, no formal e informal” (Cobo y Moravec) y que se da de manera extendida e ilimitada favorecido por los nuevos espacios y herramientas disponibles.

Los estudios ya vienen señalándolo, nos dirigimos hacia “enfoques más prácticos donde se potencie la creatividad y el diseño de soluciones más innovadoras” (Informe Horizon 2017), donde contextualizando la enseñanza, despertando la curiosidad y enciendo una chispa de interés que vaya incrementándose poco a poco, podremos conseguir que los alumnos consideren el aprendizaje como algo placentero.

Para esta labor tenemos que contar con la implicación y la complicidad de toda la comunidad educativa (desde familias y docentes a instituciones). Trabajar desde casa ─donde copian muchos de los hábitos digitales que luego reproducen como indica este estudio europeo─, descubrir nuevas utilidades de esas herramientas en el aula y potenciar más formación que equipamiento en nuevas habilidades digitales.

Ya se sabe que “cada maestrillo tiene su librillo” y que las circunstancias y el contexto de cada centro les hace únicos pero aprovechar siempre que se pueda y sea necesario ─sin denostar la educación tradicional que también resulta muy útil─ una tecnología tan práctica para seguir mejorando debería ser casi obligación del docente.

En conclusión, un sí rotundo a los beneficios que nos puede reportar la tecnología en el aula. Que en esa tecnologización de la escuela siempre cuente más la practicidad que la imposición.

Bibliografía