“La Atención Plena sólo se puede entender desde adentro hacia afuera. No es una más de las técnicas cognitivoconductuales que se despliegan en un paradigma de cambio de comportamiento, sino una forma de ser y una forma de ver que tiene hondas implicaciones para la comprensión de la naturaleza de nuestras propias mentes y cuerpos, y para vivir la vida como si realmente importara” (Jon Kabat-Zinn, 2003).

Vivimos, de repente, inmersos en continúas mareas de información sobre el mindfulness sin darnos cuenta. No pasa un sólo día sin que los medios de comunicación, las redes sociales y los amigos cercanos nos hablen de sus beneficios y de cómo está llegando incluso a los colegios para mejorar el aprendizaje de los alumnos. Pero, ¿de dónde proviene esta práctica que se nos presenta como una novedad en el ámbito educativo y psicológico?

El mindfulness moderno está basado en la meditación Vipassana, una técnica originaria de India que consiste en tomar conciencia del momento presente, o tomar conciencia de la realidad, lo que el común de los mortales llama vivir el momento. Esta práctica sencilla permite aceptar los pensamientos, sensaciones y el ambiente que nos rodea tal como se nos presentan sin emitir juicio sobre ellos, es decir sin pensar si son correctos o no.

Durante la década de los setenta, Jon Kabat-Zinn biólogo molecular y profesor universitario, investigó y popularizó está práctica mientras trabajaba sobre el genoma con el Premio Nobel Salvador Luria en el Instituto Tecnológico de Massachusets. La suerte hizo que se le abrieran las puertas para crear la Clínica para la Reducción del Estrés y el Centro de Atención Plena para la Medicina en la Universidad de Massachusetts en 1979.

Como concepto psicológico, si en un principio bebió de las fuentes del budismo, desde sus inicios se practica desprovisto de todo componente o sentido religioso. El mindfulness enfatizada en la resiliencia como medio para adoptar maneras de ser y actuar más positivas y eficaces, a través de un entrenamiento mental centrado en aceptar la realidad tal y como es, mejorando la capacidad de manejar las emociones. También cultiva actitudes personales como el desarrollo de la capacidad de atención, mejora las habilidades de inteligencia emocional y social, la escucha, la comunicación y la toma de decisiones. Sin perder de vista el fomento de la empatía, la confianza y la capacidad de establecer vínculos y relaciones interpersonales.

En general fue concebido como un programa de salud pública, y como un agente para la transformación individual y social.

La eficacia del mindfulness, a través de las investigaciones científicamente probadas, en la población infantil, indican que está tomando cada vez más protagonismo en los colegios, institutos y universidades, como herramienta para contrarrestrar la falta de concentración, el estrés y la resolución de conflictos.

En una entrevista realizada hace unos años atrás, Jon Kabat-Zinn apuntaba: “Desarrollar la capacidad de abrazar la realidad de las cosas es curativo y transformador, cambia nuestro cerebro, tal como demuestran las investigaciones neurológicas”.

Está comprobado que la densidad y el tamaño del cerebro se encoge con el paso del tiempo, pero con la práctica del mindfulness regiones del aprendizaje y la memoria se ensanchan. La amígdala, la zona del cerebro que reacciona a las amenazas y secuestra la atención, se refuerza; se mejoran las conexiones neuronales e incluso se dan cambios en el genoma.

Con todos estos beneficios, es realmente motivador para docentes, alumnos y familias que la atención plena, el vivir el momento se expanda y renueve el aire del sistema educativo en nuestro país, sin olvidar que requiere conocimientos previos, no exentos de algo que a veces pasamos por alto sin querer: nada mejor para aprender mindfulness que la práctica continua.

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