Nací en un pueblecito de la Mancha, aunque aún no he encontrado mi lugar en el mundo, sigo buscando. Me gano la vida como profesora interina en institutos, es lo más gratificante, emocionante, sincero y generoso que me ha pasado en la vida. Y como soy ignorante en un montón de ámbitos, tengo la suerte de aprender cosas cada día de mi vida, y así, cada cosa que aprendo, puedo compartirla y así, entre todos, experimentamos el aprendizaje. Como buena interina que se enfrenta a los recortes, aprovecho los recortes administrativos para desempeñar la función docente en otras partes del mundo, eso me ha dado la oportunidad de vivir en Senegal y en Ecuador, por ahora. Y me apasiona la vida, la naturaleza, el arte, la gente y aprender ¡Disfruto de cada nuevo descubrimiento! ¡Cuestiono continuamente todo, empezando por mí! y en ocasiones, hasta puedo alegrarle el día a la gente.

Llegar a Senegal es toda una experiencia en sí, incluso cuando llegas como yo, con un proyecto europeo, un pensamiento occidental y a un lugar del que no sabes nada, al menos nada más de lo leído en los blogs, o las guías de viaje, que no tiene nada que ver con lo que significa estar un tiempo en Casamance.

La parte sur del país atravesado por Gambia, es pura naturaleza, durante cuatro meses está lloviendo y el resto del año se disfruta del sol, los frutos, el tiempo y la “teranga”. Se dice que Senegal es el país de la “teranga”, la hospitalidad, porque te hacen sentir parte de la familia.

Así que el título de mi proyecto era “Taller teatral de sensibilización medioambiental trabajando con títeres”. En la maleta que facturé llevaba de todo, tijeras, pegamento, palillos, cartulinas, papel de seda, papel charol y una guía de francés, para poder comunicarme. Al entrar en el colegio, lo primero que me llamó la atención fueron las diferentes aulas: a un lado, las de hormigón, con baches en el suelo, las ventanas de madera descuadradas y rotas y unos 50 alumnos por aula, de diferentes edades, todos mezclados. Al frente, unas aulas construidas con paja, sin tejado, con una pizarra portátil y pupitres de madera, muchos más sólidos que las paredes que debían protegerlos de las inclemencias del tiempo y las distracciones del patio. Y al otro lado, las nuevas aulas, como las primeras que vimos, pero recién construidas, que acogerían a los infantes de las aulas de paja, proporcionando un cobijo más seguro.

Para no interrumpir la programación, propusimos el taller de manera voluntaria, para que asistieran todos los chicos que realmente estaban interesados o tenían curiosidad por lo que era eso de los títeres. En principio iban a ser dieciocho alumnos, pero se fueron apuntando y resultaron veinticinco, que enseguida quisieron enseñarme las instalaciones, proponerme un lugar para el trabajo y preguntar y preguntar y preguntar, cosas que nada tenían que ver con la propuesta, pero que necesitaban saber para poder establecer el vínculo y confiar en mí. Tema resuelto en un momento; y después preguntar y preguntar y preguntar, ¿qué íbamos a hacer?

Lo más complicado fue escribir el guion, en francés y adaptado a todas las edades, porque una vez concluido el trabajo, giraríamos el espectáculo por todas las aulas, desde infantil, hasta los más mayores. Así que contamos el ciclo del agua, tan importante para la vida, teniendo en cuenta los problemas locales, y concretamente los de Kafountine, que está situado en la costa y realmente tienen problemas de basuras y plásticos. Al no haber sistema de recogida de desechos, tienen fosas donde acumulan la basura hasta que llega el momento de quemarla; y en cuanto a los plásticos, ya no es un problema puntual, sino a nivel mundial.

Después comenzó la magia, para mí, la sorpresa, lo realmente divertido y lucrativo para ellos…la construcción de los decorados y los personajes: por un lado teníamos que hacer un manto terrestre y un manto marino, así que se pusieron a trabajar mientras cantaban canciones en Wolof, la lengua vehicular de toda esa zona de África. ¿Os acordáis de las abuelas cuando se reunían a tejer, o a coser, o a hacer punto y contaban y cantaban historias? Yo lo había olvidado, pero en ese instante volvió a mí, regresó la fuerza del pasado, ahí es donde se tejen las historias, donde se toman decisiones, donde se comparten problemas, donde la tragedia es menos trágica porque la estamos compartiendo todos. Porque ahí somos humanidad y somos historia.

Lo más engorroso fue la creación de los distintos personajes, pero eso siempre es así, el detalle, el gesto, los ojos, las manos, en fin, todas esas partes que construyen el todo. Cada tarde nos reuníamos una hora, que pasaba volando, para compartir canciones y risas con la excusa de un proyecto, que llegó siendo europeo y se convirtió en africano. Ndanka ndanka es la filosofía de la zona, poco a poco, despacito, disfruta de las personas, comparte lo que tienes, respira, no pasa nada más que el tiempo.

Y así fue como viví una maravillosa experiencia que frenó mi ansiedad, me colocó en la humanidad y me enseñó que todos somos uno.

Nací en un pueblecito de la Mancha, aunque aún no he encontrado mi lugar en el mundo, sigo buscando. Me gano la vida como profesora interina en institutos, es lo más gratificante, emocionante, sincero y generoso que me ha pasado en la vida. Y como soy ignorante en un montón de ámbitos, tengo la suerte de aprender cosas cada día de mi vida, y así, cada cosa que aprendo, puedo compartirla y así, entre todos, experimentamos el aprendizaje. Como buena interina que se enfrenta a los recortes, aprovecho los recortes administrativos para desempeñar la función docente en otras partes del mundo, eso me ha dado la oportunidad de vivir en Senegal y en Ecuador, por ahora. Y me apasiona la vida, la naturaleza, el arte, la gente y aprender ¡Disfruto de cada nuevo descubrimiento! ¡Cuestiono continuamente todo, empezando por mí! y en ocasiones, hasta puedo alegrarle el día a la gente.

Llegar a Senegal es toda una experiencia en sí, incluso cuando llegas como yo, con un proyecto europeo, un pensamiento occidental y a un lugar del que no sabes nada, al menos nada más de lo leído en los blogs, o las guías de viaje, que no tiene nada que ver con lo que significa estar un tiempo en Casamance.

La parte sur del país atravesado por Gambia, es pura naturaleza, durante cuatro meses está lloviendo y el resto del año se disfruta del sol, los frutos, el tiempo y la “teranga”. Se dice que Senegal es el país de la “teranga”, la hospitalidad, porque te hacen sentir parte de la familia.

Así que el título de mi proyecto era “Taller teatral de sensibilización medioambiental trabajando con títeres”. En la maleta que facturé llevaba de todo, tijeras, pegamento, palillos, cartulinas, papel de seda, papel charol y una guía de francés, para poder comunicarme. Al entrar en el colegio, lo primero que me llamó la atención fueron las diferentes aulas: a un lado, las de hormigón, con baches en el suelo, las ventanas de madera descuadradas y rotas y unos 50 alumnos por aula, de diferentes edades, todos mezclados. Al frente, unas aulas construidas con paja, sin tejado, con una pizarra portátil y pupitres de madera, muchos más sólidos que las paredes que debían protegerlos de las inclemencias del tiempo y las distracciones del patio. Y al otro lado, las nuevas aulas, como las primeras que vimos, pero recién construidas, que acogerían a los infantes de las aulas de paja, proporcionando un cobijo más seguro.

Para no interrumpir la programación, propusimos el taller de manera voluntaria, para que asistieran todos los chicos que realmente estaban interesados o tenían curiosidad por lo que era eso de los títeres. En principio iban a ser dieciocho alumnos, pero se fueron apuntando y resultaron veinticinco, que enseguida quisieron enseñarme las instalaciones, proponerme un lugar para el trabajo y preguntar y preguntar y preguntar, cosas que nada tenían que ver con la propuesta, pero que necesitaban saber para poder establecer el vínculo y confiar en mí. Tema resuelto en un momento; y después preguntar y preguntar y preguntar, ¿qué íbamos a hacer?

Lo más complicado fue escribir el guion, en francés y adaptado a todas las edades, porque una vez concluido el trabajo, giraríamos el espectáculo por todas las aulas, desde infantil, hasta los más mayores. Así que contamos el ciclo del agua, tan importante para la vida, teniendo en cuenta los problemas locales, y concretamente los de Kafountine, que está situado en la costa y realmente tienen problemas de basuras y plásticos. Al no haber sistema de recogida de desechos, tienen fosas donde acumulan la basura hasta que llega el momento de quemarla; y en cuanto a los plásticos, ya no es un problema puntual, sino a nivel mundial.

Después comenzó la magia, para mí, la sorpresa, lo realmente divertido y lucrativo para ellos…la construcción de los decorados y los personajes: por un lado teníamos que hacer un manto terrestre y un manto marino, así que se pusieron a trabajar mientras cantaban canciones en Wolof, la lengua vehicular de toda esa zona de África. ¿Os acordáis de las abuelas cuando se reunían a tejer, o a coser, o a hacer punto y contaban y cantaban historias? Yo lo había olvidado, pero en ese instante volvió a mí, regresó la fuerza del pasado, ahí es donde se tejen las historias, donde se toman decisiones, donde se comparten problemas, donde la tragedia es menos trágica porque la estamos compartiendo todos. Porque ahí somos humanidad y somos historia.

Lo más engorroso fue la creación de los distintos personajes, pero eso siempre es así, el detalle, el gesto, los ojos, las manos, en fin, todas esas partes que construyen el todo. Cada tarde nos reuníamos una hora, que pasaba volando, para compartir canciones y risas con la excusa de un proyecto, que llegó siendo europeo y se convirtió en africano. Ndanka ndanka es la filosofía de la zona, poco a poco, despacito, disfruta de las personas, comparte lo que tienes, respira, no pasa nada más que el tiempo.

Y así fue como viví una maravillosa experiencia que frenó mi ansiedad, me colocó en la humanidad y me enseñó que todos somos uno.

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